Pues con la panza llena abandonamos Vientiane preparados para explorar las zonas menos transitadas de Laos. La primera parada la hicimos en Bang Khoun
Kham, un pueblo que tiene como interés estar situado a 40 km de una escalofriante cueva. Antes de visitar dicha caverna nos aventuramos hacia unas cascadas y para ello contratamos un guía local, habíamos leído de la poca y mala señalización del camino y no queríamos arriesgar. La ruta no solo estaba poco y mal señalizada sino que además era terrible. Barro hasta las rodillas, árboles caídos, ríos a atravesar, pendientes rocosas, vamos, que “si lo se no vengo”! Aunque las cascadas eran espectaculares, nos acordamos más del tortuoso camino que de los saltos de agua.
De ahí a la cueva, 7 tenebrosos kilómetros en barca dentro de las infinidades de la tierra, con la única luz de una linterna y la compañía de un barquero. Las casi 2 horas de trayecto fueron una experiencia alucinante a la par que aterradora, lo poco que se veía era espectacular, pero todo lo que no se veía era aun más fascinante…
Seguimos nuestro paseo por el centro de Laos intentando hacer alguna salida de bajo presupuesto pero no lo conseguimos, a cambio compramos un billete a Japón, la casa por la ventana y nervios para el estómago!
Con la resaca de Japón en el cuerpo nos fuimos para Savannakhet, relajada ciudad donde iban a celebrarse unas importantes y preciosas fiestas de las que queríamos participar. Y esperando a la llegada de tal acontecimiento nos tiramos casi una semana paseando, leyendo, descansando, trabajando y sorbiendo cafés.
El gran día llegó, y fue de los grandes grandes. Empezó pronto, a eso de las 6 sonaba el despertador y tocaba aproximarse al templo. Allí budistas del mundo entero ofrecían comida bebida y algo de dinero a los monjes. El día 12 se celebra el fin de la estación de lluvias y es además la fecha en la que los monjes, después de 100 días, pueden salir del templo, visitar a sus familias o hasta cambiar de “residencia”, y para que lo hagan contentos todo el mundo sale a alimentarlos. En segundo plano y con la cámara apunto nos encontrábamos cuando se acerco una chica y me ofreció el honor y gran placer de compartir con ella la entrega de vivieres. Una experiencia sin igual, sin palabras.
La fiesta seguía, y ahora se trataba de pedir perdón al río por los daños causados, y de paso asegurarse suerte para el año próximo. Para ello había que llevar un barquito hecho con tronco de platanero, adornarlo bien con hojas y flores y rematarlo con unas velitas y algunas barras de incienso. Con nuestra nueva amiga del Linn Café hicimos nuestro barquito mientras aprendíamos todo lo necesario de la tradición, y al anochecer, con un grupo de laosianos y algunos guiris, nos acercamos hasta el Mekong para rendirle homenaje y hacer nuestros sueños realidad.
El río se convirtió esa noche en una gran balsa de deseos iluminados, una noche mágica donde el agua y el fuego se fundían en una sorprendente armonía al aroma del incienso. Una imagen realmente preciosa, una vez más, por segunda vez en un día, sin palabras.
El día 12 pasó y con él abandonamos Savannakhet, la que había sido nuestra casa la última semana y donde tan a gusto habíamos estado, pero tocaba avanzar, seguir camino, y el sur de Laos aun nos esperaba, con un montón de sorpresas y nuevos amigos por conocer.
Aventura, aventura... Quiero una foto del barquito (igual hay algo que copiar) :)
ResponderEliminarDicen que la mejor universidad es la calle, y me lo estais demostrando, a vuestro lado las aventuras de Tom Sawyer son un parvulario, y
ResponderEliminarRobinson Crusoe el Nuevo Catón.
Vuestro futuro está en la escritura mezclada con ilustraciones, i si no tiempo al tiempo....
Hasta la proxima besos.